Y llegamos a la rotonda y como suponía, mi amigo haciendo caso omiso del stop, se incorporó a la misma sin encomendarse ni a Dios ni a Diablo con el consiguiente concierto para bocina, a los que empecé a considerar que el piloto al que yo acompañaba pensaba que no iban dirigidos a él. La salida de la rotonda: volantazo a la derecha, sin poner indicador correspondiente, en medio de los dos carriles y cuando se puso en el carril de la derecha el conductor que iba detrás creo que tuvo que cambiar las pastillas de freno de su coche.
Cuando por fin cogimos la autovía por la cual nos dirigiríamos a nuestro destino, ingenuo de mí pensé que moderaría su velocidad pero sin dejar de alta. Volví a equivocarme porque el acelerador de ese coche no debía de tener fondo, ya que el vehículo aumentó considerablemente su velocidad. Juro que veía pasar el paisaje a mi alrededor en milésimas de segundo.
Para terminar mi relato, la entrada a meta casi tiene un atropello a un peatón que se le ocurrió cruzar a la acera de enfrente y al que sólo la precaución de mirar le salvó de un grave accidente. Ni siquiera comprobó si había gente por los alrededores de la zona donde aparcaba su coche. A él sólo le preocupó que no lo avisara del sitio vacío que había unos metros más atrás y más cerca de su casa.
Los lectores de este comentario habrán notado que no he mencionado a la policía local en nigún momento. Es que en la vida real ni están ni se les espera, salvo en Navidad.
A ellos les dedico este relato, por el trabajo que no realizan.
Saludos y hasta otro comentario.
No hay comentarios:
Publicar un comentario