viernes, 2 de diciembre de 2011

Una de tráfico (capítulo 1).

Subí al coche de mi amigo y según me senté en el asiento, se incorporó al carril sin comprobar si venían coches por el mismo, lo que hizo que éstos protestaran por la maniobra de mi amigo que hizo oídos sordos a la misma y cogía la velocidad que él creía la adecuada. Alcanzó los setenta kilómetros/hora en milésimas de segundo.
Al vislumbrar un semáforo con el color verde, aceleró considerablemente, le vi superar los ochenta km/h, para llegar con el semáforo en este color. No lo consiguió, pero le dió lo mismo porque lo rebasó aun cuando éste cambió al color rojo. Creo que mi amigo empatizó con un toro al ver este color, ya que había aumentado la velocidad del vehículo, acción que hizo que un presunto peatón apretase el paso para llegar sano y salvo a la orilla que pretendía alcanzar. Respiré tranquilo al comprobar que éste peatón seguía con vida en el otro lado.
Mi amigo no tuvo tanta suerte con el siguiente semáforo que ya coloreaba en rojo, poniendo en fila de a dos a un quinteto de coches. Cuando yo creía que mi amigo iba a sacar una gadgeto-alas para volar por encima de ellos, frenó. Gracias a que había tenido la precaución de ponerme el cinturón de seguridad, no hace falta que te pongas esa jilipollez, ahora no tengo un recuerdo ni en mi cabeza ni en mi cara de ese momento.
Después de unos segundos parados, con mi amigo haciendo rugir el motor de su coche cual caballo deseoso de correr pero retenido por la brida de su jinete, arrancó como piloto de Fórmula 1 al principio de una carrera. A gran velocidad y adelantando posiciones a izquierda y derecha hasta ponerse el primero.

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